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    2019-04-15

    En “\"Por qué construir un pueblo es la tarea de la política radical?”, Laclau profundiza una tensión en su teoría en el marco de la respuesta buy Ki16425 Slavoj zžek. Por un lado, la formalidad de la lógica populista, en principio, impide predicar sus alcances en cuanto a la democracia (tanto en un sentido poliárquico como pluralista o en cuanto a la expansión de derechos y garantías). Por otro, el autor afirma que existe en el populismo la condición de una democracia en tanto produce un “pueblo” (un demos) sin el cual la democracia sólo se reduce a una administración institucional de la sociedad (lo que sería equivalente a la aniquilación de la política). Es evidente aquí que se cruzan dos de las dimensiones que procuramos distinguir: el populismo como la lógica que interviene en la producción del sujeto político (el pueblo) y las características del orden político constituido. Esta tensión reaparecerá en los debates posteriores.
    El populismo a debate en el posmarxismo latinoamericano Desde la aparición de “Hacia una teoría del populismo” diversas voces provenientes, fundamentalmente, de perspectivas marxistas salieron al cruce de la concepción de Laclau. Luego de relegar en la agenda académica al populismo por la preocupación por la transición a la democracia, la obra de Laclau fue referencia ineludible pero no objeto de estudio y controversia. Sin embargo, la aparición de La razón populista como acontecimiento teórico y la consolidación de procesos tildados como populistas en Venezuela, Argentina, Bolivia y Ecuador instauraron nuevas condiciones para el debate teórico y político. En este contexto una cantidad significativa de investigadores latinoamericanos en el campo de la teoría política -algunos formados en la Escuela de Essex- han trabajado sobre la obra de Ernesto Laclau y específicamente su teoría del populismo. Sebastián Barros ha sido uno de los autores que ha problematizado la teoría de Laclau; en varias ocasiones, se ha basado en la ayuda teórica de Jacques Rancière. Barros reconoce las ventajas teóricas de una noción formal de populismo pero se hace dos interrogantes clave. Primero, si no existe una inflación en el concepto de populismo, que lo ubica como un sinónimo de la política (como vimos, es uno de los usos de populismo). Esto podría indicar, a juicio de Barros, que existe una formalidad primera (dada por la categoría de hegemonía) y una segunda instancia (con la misma lógica) que sería la del populismo, cuya característica reside en la interpelación a reabsorption “los de abajo”. Lo anterior lleva al segundo interrogante: la pregunta por el estatus de “los de abajo” (underdogs). La tesis de Barros es que, en tanto la lógica del populismo trabaja con “los de abajo”, entonces hay cierta especificidad en la articulación de demandas que escapa a la pura formalidad. Aunque indeterminado históricamente, el populismo tiene un difuso contenido “necesario” referido a esos “de abajo” que ha teorizado Rancière. Barros propone teorizar el populismo como “una forma particular de articulación hegemónica en la cual lo que se estudia es la inclusión radical de una heterogeneidad social respecto del espacio común de representación que supone toda práctica hegemónica”, y para ello requiere indagar los modos en que se produce una diferencia como insatisfecha al interior de una comunidad y los modos de articulación e inclusión de estas posicio- nalidades. El populismo trabajaría, entonces, un espectro de eso excluido que encuentra un espacio de representación en el discurso populista y, por lo tanto, una forma de existencia portadora de un cuestionamiento a la comunidad (o a lo que de común tiene la comunidad). La noción de heterogeneidad adquirirá un estatus relevante para pensar los modos en que esos sin-parte que ingresan en la escena política ponen de manifiesto la doble constitución del pueblo como parte y todo. Alejandro Groppo también ha reparado en la potencia de eso heterogéneo al orden que como lo sublime en Kant tiene una capacidad de dislocación y se ubica al mismo tiempo dentro y fuera del orden simbólico. El populismo, a juicio de Groppo, incorpora esta dimensión. Tanto Barros como Groppo se centran en interpretar los efectos de esta inclusión para la que, a su criterio, debería reservarse la palabra populismo. Javier Balsa también hace hincapié en esta dimensión de “inclusión radical” del populismo, pero su aporte se centra en sociologizar la noción mediante la otorgación de un contenido a la noción de pueblo de inspiración gramsciana: “las tradiciones populares pasadas por el filtro del buen sentido”. Esto significaría sacar a la teoría de su formalidad y, en cierto sentido, del terreno posfundacional, pero brinda claves para la investigación empírica sobre los sujetos sociales.